En Turquía el Tribunal Constitucional ha anulado la ley del velo, que permitía a las mujeres ir con la cabeza tapada a la universidad, que se había aprobado en febrero. Llevar cubierta la cabeza a clase estaba prohibido desde el golpe militar de 1980 que proclamó a Turquía como un Estado laico.
Dos tercios de las mujeres turcas usan el velo, y ese mismo porcentaje de la población ve bien que así sea y que lo puedan usar en la universidad. Por otro lado, debemos tener en cuenta que la burguesía islámica que apoya al partido del gobierno, Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), cree que sus hijas deberían tener el derecho usar el turban o pañuelo islámico en sus clases.
Ignorante de mí, cuando surgió la noticia, pensaba que si estaba prohibido era para velar por la dignidad de la mujer, porque se veía como algo negativo en la sociedad actual seguir arrastrando una tradición tan obsoleta –obsoleta para mí, claro-. Sin embargo, no era así. Se prohibió solo por motivos políticos y para velar por la laicidad de Turquía. ¿Y quién se preocupa de las mujeres, que son las principales afectadas? Nadie, ni ellas mismas. Las que lo llevan lo hacen por tradición y, seguramente, por imposición familiar. “Es así y es así”. Esto provoca que en la universidad tengan que disfrazarse y ponerse pelucas o sombreros para no mostrar su cabello a nadie, a absolutamente a nadie. Y no sé qué es peor, que puedan llevar el velo o que no lo puedan llevar y se tengan que disfrazar, algo, sin duda, vergonzoso para cualquiera.
No son pocos los que piensan que es algo en contra del género femenino, ya que los hombres pueden acudir cómo quieran a las clases. Muchos portan barbas islamistas y no ocurre nada. Al final, toda la situación resulta humillante para la mujer: que se le obligue por creencias religiosas a cubrirse, que surja el debate no enfocado hacia ella y que, por temor a represalias, tengan que disfrazarse.
lunes, 9 de junio de 2008
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