Es increíble ver como se está dejando morir a miles de personas sólo por el deseo del mantenimiento del poder por parte de un gobierno. Esta semana hemos visto como la Junta Militar de Myanmar ha obstaculizado la entrada en su país de los equipos humanitarios de la ONU, pese a que su zona sur ha quedado destrozada debido al ciclón Nagris.
Desde el principio, además de la ayuda de sus amigos Tailandia, India y China, Myanmar aceptó la de las Naciones Unidas, pero no a su personal especializado que debe valorar la situación sobre el terreno. Un avance, ya que en 2004 tras el tsunami no admitieron apoyo alguno. Ayer aviones de la ONU y de la Cruz Roja pudieron aterrizar en Yangon, la antigua capital birmana. Además, EEUU confía en que acepten la llegada de 4 aviones cargados de ayuda. Sin embargo, esta apertura se hace demasiado tarde. Los días iniciales tras una catástrofe son cruciales, y éstos han pasado ya. Además, la ONU acusa al gobierno militar de apropiarse de 38 toneladas del apoyo humanitario ya enviado.
El hermetismo al que está sometida la sociedad birmana sale así una vez más a la luz. La Junta Militar, que administra el país desde 1962, no ha permitido la entrada internacional porque considera a los miembros de la ONU aliados de Aung San Suu Kyi, líder de la oposición y Premio Nobel de la Paz a la que han mantenido retenida, con discontinuidad, más de 13 años. Aung San debería haber gobernado Myanmar, ya que tras un referéndum popular en 1990 consiguió una amplia mayoría. Sin embargo, tras él los militares no abandonaron el poder. Ahora, ni siquiera suspenderán en la totalidad del país el referéndum previsto para mañana, y sólo lo aplazarán en la mitad del país que está desvastado. Un referéndum que lo único que pretende es un cambio de la Constitución para afianzar aún más su poder político.
sábado, 10 de mayo de 2008
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