
Fecha: 20/05/08
Ayer fue noticia el Tibet y, como excepción, no por algo negativo. En todos los medios apareció la información de que por primera vez unos monjes tibetanos pudieron relatar ante un juez sus duras experiencias. Palden Gyatso, autor del conocido libro Fuego en la Nieve, Jampel Molan y Bahgro se presentaron en la Audiencia Nacional de Madrid ante el juez Moreno y pudieron explicar las torturas que han sufrido de mano del gobierno chino.
Sin embargo, en realidad no eran los primeros. Thubten Wangchen, director de la Casa del Tíbet de Barcelona, ya lo había hecho hace unos meses. De hecho, sus declaraciones provocaron la ira de China y esto fue lo que impidió que Gyatso y sus compañeros pudiesen testificar desde India, país en el que se encuentran exiliados. Lo debían hacer a través de una comisión rogativa, pero el gobierno de Delhi se negó. Estos monjes serenos y luchadores decidieron que si tenían que viajar a Madrid, lo harían, porque esta oportunidad no se les podía escapar.
Con motivo del juicio y de la conferencia que Gyatso ofrecía hoy en la Casa del Tíbet, me dirigí a medio día hacía allí para entrevistar a Wangchen y utilizar sus declaraciones para una crónica de radio. Cuando llegué, el local aún estaba cerrado. Unos chicos que traían una tele para la Casa del Tíbet timbraban en el telefonillo de al lado. Yo hice lo mismo. Cuando subí, me abrió la puerta un monje tibetano con el traje tradicional y me preguntó si era la estudiante que había llamado. “Sí, soy yo, encantada”: Él sonrió y me condujó por un pasillo en penumbra, al final del cual estaba la oficina de un hombre rechoncho y claramente occidental. “¿Eres la estudiante de la Pompeu? Pues entrevista a Thubten, él es nuestro director”, me decía señalándome al monje que me había abierto la puerta. En ese momento me sorprendí, había pensado que aquel monje sería un ayudante, pero no el propio Tubthen.
Tubthen seguía sonriendo. La sonrisa dibujo su cara la mayoría del tiempo que me dedicó. Me llevó a su despacho y allí tuvimos una charla amena y distendida, en la que me habló del poder de China y del pavor del resto de países a enfurecer a una potencia como ella. “Nadie querer enfadar a China… Lo económico por encima del derecho humano…Esto es punto negativo para el hombre, jeje…”. Frases similares invadieron todo su discurso, al igual que esa sonrisa intermitente que ya he mencionado. Sus ojos: plenamente cerrados en casi toda la conversación. Su sonrisa: confidente de algo que los dos conocíamos y que hay que soportar con la mayor dignidad posible.
Me fui de allí flotando, con una sensación extraña. Ese pequeño hombre de habla titubeante había sobrepasado la barrera que existe entre dos extraños. Sentí que debía involucrarme, que era un tema importante. Por la tarde, fui a la conferencia. Me gustó. Gyatso actuaba de un modo similar a Wangchen, aunque era más serio. Contó muchas experiencias y dio muchas opiniones coherentes con las que estaba de acuerdo. La gente que asistía se veía muy tranquila, algo extraño en este tiempo de prisas. Los jóvenes eran pocos. Una vez más, salí de allí con un halo positivo. A la salida me compré una chapa y firmé en un manifiesto. Espero que no se quede todo aquí.
Ayer fue noticia el Tibet y, como excepción, no por algo negativo. En todos los medios apareció la información de que por primera vez unos monjes tibetanos pudieron relatar ante un juez sus duras experiencias. Palden Gyatso, autor del conocido libro Fuego en la Nieve, Jampel Molan y Bahgro se presentaron en la Audiencia Nacional de Madrid ante el juez Moreno y pudieron explicar las torturas que han sufrido de mano del gobierno chino.
Sin embargo, en realidad no eran los primeros. Thubten Wangchen, director de la Casa del Tíbet de Barcelona, ya lo había hecho hace unos meses. De hecho, sus declaraciones provocaron la ira de China y esto fue lo que impidió que Gyatso y sus compañeros pudiesen testificar desde India, país en el que se encuentran exiliados. Lo debían hacer a través de una comisión rogativa, pero el gobierno de Delhi se negó. Estos monjes serenos y luchadores decidieron que si tenían que viajar a Madrid, lo harían, porque esta oportunidad no se les podía escapar.
Con motivo del juicio y de la conferencia que Gyatso ofrecía hoy en la Casa del Tíbet, me dirigí a medio día hacía allí para entrevistar a Wangchen y utilizar sus declaraciones para una crónica de radio. Cuando llegué, el local aún estaba cerrado. Unos chicos que traían una tele para la Casa del Tíbet timbraban en el telefonillo de al lado. Yo hice lo mismo. Cuando subí, me abrió la puerta un monje tibetano con el traje tradicional y me preguntó si era la estudiante que había llamado. “Sí, soy yo, encantada”: Él sonrió y me condujó por un pasillo en penumbra, al final del cual estaba la oficina de un hombre rechoncho y claramente occidental. “¿Eres la estudiante de la Pompeu? Pues entrevista a Thubten, él es nuestro director”, me decía señalándome al monje que me había abierto la puerta. En ese momento me sorprendí, había pensado que aquel monje sería un ayudante, pero no el propio Tubthen.
Tubthen seguía sonriendo. La sonrisa dibujo su cara la mayoría del tiempo que me dedicó. Me llevó a su despacho y allí tuvimos una charla amena y distendida, en la que me habló del poder de China y del pavor del resto de países a enfurecer a una potencia como ella. “Nadie querer enfadar a China… Lo económico por encima del derecho humano…Esto es punto negativo para el hombre, jeje…”. Frases similares invadieron todo su discurso, al igual que esa sonrisa intermitente que ya he mencionado. Sus ojos: plenamente cerrados en casi toda la conversación. Su sonrisa: confidente de algo que los dos conocíamos y que hay que soportar con la mayor dignidad posible.
Me fui de allí flotando, con una sensación extraña. Ese pequeño hombre de habla titubeante había sobrepasado la barrera que existe entre dos extraños. Sentí que debía involucrarme, que era un tema importante. Por la tarde, fui a la conferencia. Me gustó. Gyatso actuaba de un modo similar a Wangchen, aunque era más serio. Contó muchas experiencias y dio muchas opiniones coherentes con las que estaba de acuerdo. La gente que asistía se veía muy tranquila, algo extraño en este tiempo de prisas. Los jóvenes eran pocos. Una vez más, salí de allí con un halo positivo. A la salida me compré una chapa y firmé en un manifiesto. Espero que no se quede todo aquí.
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